viernes, 11 de mayo de 2012

Capítulo 1


Capítulo 1


Fue como estar en un sueño, pero era real. Todas las emociones se agolpaban en su interior, los pelos se le erizaban y su cabeza era un cúmulo de pensamientos que le impedían reaccionar. Lo que sentía en aquel momento era indescriptible para cualquier ser humano como él. Estaba donde siempre había soñado; admirando la grandiosa majestuosidad del complejo arquitectónico formado por el Big Ben y las casas del Parlamento, iluminado bajo el oscuro cielo nublado de una noche de verano. Estaba en Londres. Podía sentir la fría brisa acariciándole la piel y revolviéndole el pelo. Apenas había ya movimiento de gente por las calles, pero él no estaba dispuesto a marcharse todavía. No quería dejar de contemplar lo que tantos años atrás había deseado poder ver algún día. Y ahí estaba ahora.
La vibración de su teléfono móvil, que llevaba en el bolsillo derecho de sus vaqueros, interrumpió sus pensamientos. Los recuerdos de su primer viaje a Londres se esfumaron súbitamente de su cabeza. Sacó su móvil del bolsillo y leyó el mensaje que acababa de llegarle con un pequeño atisbo de tristeza en sus ojos. Era otro mensaje más de tantos; otro mensaje deseándole buen viaje. Volvió a meter el móvil en su funda y se lo guardó de nuevo. De repente, todos los sonidos del aeropuerto parecieron magnificarse a su alrededor. Eran las siete de la mañana y el aeropuerto estaba a rebosar de gente. Mirara donde mirara veía parejas, familias y grupos de gente con maletas, facturando, desayunando, hablando y riendo. Le pareció como si él fuera el único que estaba solo en aquella inmensa superficie. El único solo y triste. Agachó la cabeza y esperó a que llegara la hora de embarcar.
Aarón tenía 24 años. Desde hacía algo más de un año era licenciado en Periodismo; y a pesar de considerar la profesión como una de las más emocionantes, en el fondo nunca quiso dedicarse a ello. Lo que siempre había ansiado era poder entrar en la escuela superior de Arte Dramático y llegar a convertirse en un reconocido y admirado actor. De hecho, tras finalizar sus estudios de Periodismo intentó probar suerte en el mundo de las artes escénicas, sin éxito alguno. Fue entonces cuando se resignó a la idea de que el resto de su vida debería pasarlo dedicado al mundo de la información y los medios de comunicación. Desafortunadamente, la situación económica y laboral de España era bastante precaria en aquellos momentos, por lo que no había conseguido encontrar trabajo más allá de las prácticas que ofrecía la universidad en la que había estudiado durante cinco años. Por ello, cansado de no poder labrarse su propio futuro y de sobrevivir a costa de la ayuda de sus padres, y tras pasar por una relación sentimental algo complicada, decidió probar suerte en la capital inglesa.
Faltaban diez minutos para embarcar. Hacía apenas unas horas que se había despedido de su familia y de sus amigos. Y a pesar de que ya los echaba de menos, en el fondo sentía la necesidad de dejar atrás toda su vida, aunque ello no le impedía sentir un gran vacío en el corazón y un inmenso miedo ante la idea de alejarse de su hogar durante un tiempo indefinido. Aarón era bueno con el inglés; en el colegio y el instituto siempre sacaba buenas notas, pero sabía que su nivel del idioma no era suficiente para poder sobrevivir bien en Londres. Esta vez todo era diferente. La ciudad que tiempo atrás le había atraído tanto, se le presentaba ahora como un reto imposible y lleno de dificultades que se veía incapaz de superar. Pero ya no había vuelta atrás. Había tomado la decisión. Además, pensaba que cambiar de aires por un tiempo le vendría bien. Aarón sacó su móvil de nuevo y miró la hora por última vez antes de apagarlo para entrar en el avión. Se levantó, se colgó al hombro la mochila que llevaba como equipaje de mano y se acercó a la cola que se había formado ante la puerta de embarque de su vuelo. Dentro de un par de horas estaría de nuevo en Londres.

***


El teléfono móvil no dejó de sonar sobre la mesita de noche hasta que Eve se despertó. Su cara reflejaba el cansancio de una larga noche de fiesta entre botellas de 15 litros de champán francés Veuve Clicquot que costaban más de 30.000 libras.
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- ¡Eve! ¿Qué diablos estabas haciendo? Llevo llamándote un buen rato. ¡No puedes pasar de responder las llamadas! ¡Tu permanencia en este mundo depende de los eventos y pruebas que te consigo! Así que por Dios deja de hacer lo que estés haciendo y ven a mi apartamento a las once y media. Tenemos que hablar. Hay nuevos proyectos a la vista, ¡y recuerda que esta noche es el estreno! – la voz que sonaba a través del teléfono no se despidió antes de colgar ni le dejó tiempo a Eve para reaccionar o replicar, aunque bien sabía que eso resultaba imposible o su carrera podría verse gravemente afectada.
Evelyn Michelle Koplova, más conocida como Eve Koplova, era una modelo ucraniana de 35 años que había alcanzado la fama en las pasarelas doce años atrás al convertirse en imagen de la marca británica Burberry. Su familia se trasladó al Reino Unido cuando Eve tenía apenas 16 años por motivos de trabajo de su padre, un empresario ruso dueño de una compañía de telefonía móvil. Al poco tiempo, Eve se inscribió en una agencia de modelos y a los 23 años consiguió ser imagen de una de las campañas publicitarias de Burberry, lo que le brindó la oportunidad de desfilar por las pasarelas de todo el mundo llevando los últimos diseños de las más prestigiosas celebridades del mundo de la moda. Pero a pesar de su espectacular carrera, Eve temía ahora el paso de los años. En cualquier momento podría verse desbancada por modelos más jóvenes como les había ocurrido anteriormente a Claudia Schiffer, Naomi Campbell o Cindy Crawford. No obstante, sabía que su nombre seguiría teniendo un cierto prestigio y que los diseñadores más reconocidos contarían con ella a la hora de lanzar sus últimas y más caras colecciones en acontecimientos especiales como la Semana de la Moda de Londres. Si Kate Moss había vuelto a desfilar a pesar de sus continuados escándalos, ella también podía hacerlo. Pero ese tipo de eventos sucedían muy a la larga, y Eve no estaba dispuesta todavía a abandonar su carrera profesional para formar una familia o dedicarse a crear su propia línea de ropa o complementos como muchas de las supermodelos que le habían sucedido.
Ahora que estaba despierta, sabía que le costaría volver a conciliar el sueño, así que se levantó y se dirigió a la cocina. Tras beberse dos vasos de agua – según afirman todas las celebridades, beber mucha agua ayuda a mantener la piel perfecta –, se dio un relajante baño con sales aromáticas y se aplicó todos los mejunjes faciales que aseguran cubrir las arrugas, reafirmar la piel y eliminar las impurezas. En un par de horas tenía que presentarse en casa de su representante, donde se comería una ensalada con nueces y dos piezas de fruta mientras discutían el protocolo para la noche antes de ir a casa de un estilista amigo suyo donde debería someterse al largo proceso de maquillaje, peluquería y vestimenta antes de acudir al estreno en Leicester Square de una de las últimas películas más aclamadas de la última década.

***


Avión, tren, metro, gente y más gente. Aarón iba cargado con sus dos maletas de 20 kilos y el equipaje de mano rumbo a la casa que había alquilado en Westbourne Grove, cerca de la conocida zona de Notting Hill donde Julia Roberts y Hugh Grant rodaron la famosa película del mismo nombre, estrenada en 1999.
                Apenas tenía espacio para moverse o respirar dentro del metro. Había llegado a mediodía y se encontraba en la Central Line, la línea de metro que atraviesa el centro de Londres, pasando por las calles más transitadas y con más tiendas de la ciudad. Por ello, a esas horas resulta casi imposible no parecer una sardina más en una lata dentro del trasporte público de la ciudad. Y es mucho peor si se añaden dos maletas y se tiene en cuenta que muchas de las estaciones no disponen de escaleras mecánicas o ascensor. Aarón empezó a sentirse realmente agobiado; el sudor empezaba a resbalarle por la frente debido también en parte al calor que le producía su flequillo, el cual casi ocultaba sus ojos marrones. En cada parada bajaban decenas de personas de los vagones, pero volvían a subir otras tantas. Aquello empezaba a resultar insoportable para Aarón.
Finalmente, el vagón donde se encontraba empezó a despejarse un poco y el aire volvió a dejarse notar por el ambiente, un poco frío por la velocidad del vehículo. Pero apenas pudo sentarse ya que los altavoces del metro anunciaron su parada, Queensway. Por fin salió del laberinto de túneles subterráneos a la luz del día y, con ayuda de un mapa, empezó a caminar de nuevo rumbo al que sería su hogar por un largo tiempo.
 Al llegar, le abrió la puerta un chico joven, alto y delgado, de unos 27 años, que se presentó como Damien. Por su acento al hablar en inglés se notaba que era francés, aunque Aarón le preguntó al respecto para entablar algún tipo de conversación de bienvenida. De camino a su habitación pasó por el salón, donde estaba Jamie, un galés de 25 años, castaño, de complexión normal y más o menos de la misma estatura que Aarón. Ambos parecían bastante simpáticos, y eso era buena señal ya que a partir de ese momento iban a convertirse en sus compañeros de piso. Por suerte, cada uno disponía de una habitación individual aunque no muy grande, pero eso era lo de menos.
Tras desempaquetar sus maletas y organizar un poco su nueva habitación salió a la calle a inspeccionar la zona en busca de algún local  cercano donde comprar algo para comer y un par de cosas básicas para cocinar las primeras semanas. Afortunadamente encontró un supermercado Tesco a pocos metros de su casa, donde acabó cargando con varias bolsas de comida que seguramente le parecería insípida en comparación con la diversidad de sabores mediterráneos de España. Pero a partir de ahora tendría que acostumbrarse no solo a la comida, sino a muchas otras cosas y costumbres más. Intentando no pensar en los deliciosos platos caseros de su madre que no volvería a probar en mucho tiempo, Aarón miró su teléfono móvil de nuevo. Las cinco y diez de la tarde. Se sentó en la cama y encendió su portátil, pero no hizo nada. Simplemente se quedó mirando la pantalla, pensando. No sabía si entrar en su cuenta de Facebook y contarles a sus amigos que había llegado ya a Londres y que estaba bien. En cierto modo sentía que ese era el inicio de su nueva vida y no quería sentirse atado a sus viejas costumbres, así que finalmente optó por dejarlo para el día siguiente. Era obvio que estaba bien, quizás algo cansado del viaje. No tenía nada de malo dar señales de vida un poco más tarde de lo previsto; además, ya había llamado a sus padres al bajar del avión. Por tanto, optó por buscar información acerca de algún evento al que poder acudir en el centro de la ciudad.
Apenas le llevó dos minutos encontrar algo que captó su atención por completo: el estreno de una película en pleno Leicester Square al que iban a acudir tanto celebridades como prensa. ‘Midnight dreams’ era el título de la película. Había oído hablar de ella en España y conocía a los actores principales por haber actuado en otras películas de gran éxito dentro del mundo del séptimo arte. Decidido. Tenía una hora para ducharse, cambiarse y dirigirse al lugar indicado si quería llegar a tiempo y ver la alfombra roja de cerca. De hecho, era el evento perfecto, ya que al día siguiente tenía una entrevista para optar a un puesto de trabajo como redactor en una oficina de prensa local. Casi se había olvidado del trabajo con el ajetreo del viaje, pero esa había sido la causa principal de que Aarón se trasladara a Londres.


***


A las siete de la tarde ya era prácticamente de noche en Londres, pero las luces de las calles, las tiendas y las vallas publicitarios de Picadilly Circus ofrecían un aspecto casi diurno. A ello se sumaba el griterío de la multitud de gente y turistas que paseaban por la zona.
Aarón sentía una inmensa felicidad al pasear de nuevo por allí. Le encantaban las grandes ciudades, tan diferentes al pueblo que había dejado atrás hacía apenas unas horas. Vestido con camisa blanca, jersey de pico azul, vaqueros oscuros y zapatillas blancas, no podía evitar sonreír mientras miraba a todos lados intentando no perderse ningún detalle de lo que ocurría a su alrededor: jóvenes haciéndose fotos junto a la fuente central de la plaza, compuesta por una escultura que representa a Eros, dios griego del amor; decenas de personas entrando y saliendo de las diferentes bocas de metro; los famosos anuncios luminosos de Coca-Cola, un grupo de chicos bailando hip-hop al ritmo de la música de un radiocasete y un corro de curiosos alrededor mirando la actuación…
A su lado caminaba Jamie, que había accedido a acompañar a Aarón de buena gana. Ambos se dirigían a la sala de cine Empire de Leicester Square mientras comentaban por encima sus vidas para ir conociéndose un poco más. Jamie tenía un acento inglés, lo que hacía que Aarón pudiera entenderle apenas sin dificultad. Los dos sentían pasión por el cine, por lo que entablaron amistad pronto. Cuando llegaron al lugar del estreno ya había cientos de personas agolpadas en las vallas, esperando la llegada de las estrellas de la gran pantalla. Haciéndose hueco entre los presentes, Aarón y Jamie consiguieron ocupar un lugar donde la visibilidad no era del todo mala. Ahora solo quedaba esperar cerca de una hora más para que los actores y demás celebridades empezaran a llegar. Aarón estaba realmente emocionado, era el primer estreno al que asistía y, aunque no estuviera en primera fila, podría ver de cerca esa realidad que siempre había soñado vivir.

***


- Estoy de camino. No, solo un par de horas. Claro, luego nos vemos en la fiesta. Siento que no puedas venir al estreno, pero bueno ya sabes, es siempre lo mismo. Gente y más gente, periodistas, directores y actores que te felicitan de verdad y otros que te sonríen cuando en realidad piensan que tu actuación ha sido nefasta. Sí. Por supuesto, ahora estoy bebiéndome una. Eso lo hará más llevadero.
Se rio de manera tonta y acto seguido se despidió y apagó su teléfono móvil. Sentada en el asiento trasero de la limusina miró a través del cristal tintado de negro para ver dónde se encontraba en aquel momento. Después, cogió la botella de champán, rellenó su copa y se la acercó a los labios dando un pequeño sorbo y saboreando la burbujeante y cara bebida. Volvió a dejar la copa, sin rastro de pintalabios en ella, en la bandeja del asiento y abrió su pequeño bolso en busca de maquillaje para darse los últimos retoques y asegurarse de que estaba perfecta para el estreno. Por suerte, la limusina tenía varios espejos disimulados en los cabezales de los asientos. Se miró en uno de ellos y sus penetrantes ojos, pintados con una sombra oscura, le devolvieron la mirada. Cogió la máscara de pestañas y se dio una pasada más antes de aplicarse el brillo de labios sobre el rojo intenso del pintalabios. Esta vez había optado por un maquillaje natural de Chanel, destacando sus preciosos ojos verdes y sus carnosos labios.
Su vestido era un diseño de Versace en color rojo, palabra de honor, liso y ceñido a su delgada figura. En cuanto a los zapatos, llevaba unas sandalias negras de tacón obra de Christian Louboutin con detalles de diamantes. Un foulard de color negro con hebras plateadas completaba su aspecto.
Mientras guardaba de nuevo todas las cosas en su bolso, un mechón de su rubio cabello cayó sobre su frente, pero no hizo nada por apartarlo. Llevaba el pelo ondulado recogido de forma sencilla a la altura del cuello, cayéndole sobre el hombre derecho. Se incorporó de nuevo y dio otro sorbo a su copa de champán. Su nombre era Jill Bending, actriz británica de 23 años. Desde pequeña había acudido a una escuela de arte dramático en Londres y había actuado en diversas obras de teatro y en alguna serie de televisión local. Sin embargo, la fama le vino de golpe dos años atrás al protagonizar un drama inglés de época que tuvo una gran acogida a nivel mundial. Desde entonces, Jill había aparecido en varias películas y había prestado su imagen a varias marcas de cosméticos como Lancôme Paris, de la que ya formaron parte también otras actrices británicas como Kate Winslet o Emma Watson.
A pesar de reiterar en diversas entrevistas al inicio de su carrera que la fama no supondría ningún cambio en su vida, la verdad es que Jill había sucumbido a los caprichos de su edad y se había dejado seducir por los placeres a los que solo tienen acceso las celebridades. Hacía un año que había puesto fin a la relación sentimental que había mantenido con su novio de la infancia debido a las exigencias de su trabajo, pero en los últimos seis meses ya se le había relacionado con dos actores compañeros suyos de reparto, con el cantante de una joven banda de pop y con un futbolista cuya carrera tenía una proyección estelar. Sin embargo, en la actualidad Jill mantenía una relación en secreto con el también actor Alastair Dockwood. Apenas llevaban dos semanas viéndose a escondidas de las cámaras de los paparazis porque sabían la presión que podía suponer su romance ahora que se habían convertido en ídolos para jóvenes y adultos.
Cuando la limusina giró la esquina disminuyó la velocidad aún más. Estaba solo a un par de metros de Leicester Square. La cola de fans era inmensa y los flashes relucían por todos lados como si fueran relámpagos en mitad de la noche.
Al parar el motor, varios guardaespaldas se acercaron al largo vehículo negro y abrieron la puerta. Con un movimiento realmente sensual y femenino, Jill salió del coche sonriendo y saludando al público. Escoltada por los equipos de seguridad se dirigió a través de la alfombra roja hasta la entrada del cine donde se paró unos instantes a posar para los fotógrafos de prensa y conceder unas palabras antes de dirigirse al interior de la sala, mientras los fans se abalanzaban unos encima de otros haciendo fotografías y videos con sus cámaras y gritando y esperando algún autógrafo de la guapa actriz.


***


Aarón resoplaba mientras la gente le empujaba intentando hacerse hueco para llegar a la primera fila. Jamie también estaba algo molesto por los empujones aunque en el fondo le resultaba gracioso ver a su nuevo compañero de piso quejarse sin parar.
- Vas a tener que acostumbrarte a esto. No pasa solo en los estrenos. Intenta pasear un sábado por la tarde por Oxford o Regent Street y verás – le dijo entre risas.
                Aarón iba a replicar, pero los gritos de emoción de la gente ahogaron sus palabras. Al mirar a su izquierda vio aparecer varios coches donde supuso irían los protagonistas de la película. Intentando no perderse detalle vio salir en primer lugar a Jake Williams, el protagonista del film. Jake era un actor de 26 años bastante atractivo, alto y con una silueta que dejaba entrever por debajo del esmoquin las horas de gimnasio. Pasó bastante rápido entre la gente sin pararse a hablar con la prensa, pero aun así las jóvenes del público presente suspiraban y gritaban a punto de romper a llorar al verle. Le siguieron otros dos actores y una actriz que Aarón no conocía. Según le dijo Jamie, eran actores de una película británica de género alternativo que seguramente no se habría estrenado en España.
                Después de diez minutos aproximadamente apareció otro vehículo. Aarón reconoció enseguida a la mujer que salió de su interior. Era alta y delgada, pero realmente elegante. Claramente se trataba de la modelo ucraniana Eve Koplova. Vestida con un diseño largo en azul cobalto de Alexander McQueen y un precioso y elaborado recogido saludó a los presentes y se dejó fotografiar por los paparazis.
                Varios actores, modelos, cantantes y presentadores pasaron también por la alfombra roja mientras Aarón y Jamie intentaban fotografiarlos. Muchas de las fotos salían movidas debido a los empujones y codazos de la gente que los rodeaba, pero afortunadamente un par de imágenes resultaron lo suficientemente claras como para distinguir a los famosos que habían desfilado delante de ellos.
                Había pasado ya media hora cuando apareció la última limusina de la noche. El corazón de Aarón latía frenéticamente. Estaba a punto de ver aparecer a una de sus actrices preferidas, Jill Bending. Cuando la puerta de la limusina se abrió y la actriz salió, Aarón pudo comprobar que era incluso más guapa en persona, sin tener en cuenta que gran parte de esa belleza se debía a los milagros del maquillaje usado por los estilistas. Mientras Jamie grababa un vídeo con su cámara, Aarón no dejaba de sacar fotografías. Ahora él también empujaba a los demás fans para intentar conseguir una imagen de revista. Jill saludaba mirando de un lado a otro y sonriendo y, por un momento, pareció que su mirada se cruzó con la de Aarón. Debió de ser una sola fracción de segundo, pero a Aarón le pareció que duró bastante tiempo. No obstante, era imposible que alguien como Jill se fijara en alguien como él. Además, con la cantidad de gente que había, la hermosa rubia podría haber mirado perfectamente al chico que había a su izquierda, o incluso a Jamie, que estaba a su derecha. Es más, seguramente ni se fijara en los rostros de los fans con todos los flashes centelleando aquí y allá.
                Mientras Jill se dirigía a la doble puerta principal de la sala de cine y conversaba con la prensa, Aarón se quedó mirando fijamente al infinito, con la mirada perdida. ¿Era posible sentir alegría y tristeza al mismo tiempo? Porque así es como se sentía él. Por un lado se sentía contento de volver a pasear por las calles de Londres, pero por otro lado pensaba en todas las comodidades que había dejado atrás. Y precisamente ahí, de pie contemplando la alfombra roja, le vino a la mente su sueño frustrado de ser actor. Ojalá pudiera ser él un día quien paseara por ahí saludando a millones de seguidores y sonriendo al sentirse feliz por hacer lo que realmente siempre había querido.
                Sin darse cuenta, Jill había entrado ya dentro del edificio, la gente se iba disipando poco a poco y la prensa recogía sus cámaras, micrófonos y trípodes. Jamie se quedó mirando a Aarón, intentando averiguar qué pasaba por su mente. Finalmente le preguntó si regresaban de vuelta a casa. Aarón afirmó con un movimiento de cabeza y una ligera sonrisa, dejando atrás sus fantasías y volviendo de nuevo a la realidad. El ruido de las calles de Londres volvió a penetrar en sus oídos y su cabeza. Sí, era tarde y necesitaba descansar. Mañana debía acudir a la oficina para su entrevista de trabajo.